MI COMPLEJO DE PETER PAN

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Por: Amatista

¿Qué quieres ser cuando seas
grande? Era la pregunta más común que me hacían durante mi niñez y yo
contestaba según mi personaje del momento: periodista, diseñadora de moda,
dentista… Ser grande para mí era un juego, en realidad, nunca deseé ser adulta,
me gustaba mi vida llena de aventuras en la que las tablas de la cama eran
lanzas de indios, las sabanas se convertían en una casa, las paredillas en
montañas y el salón de clases el escenario de conciertos en el que yo era la
encargada de los efectos especiales porque cantaba ¡horrible!
Tomada por: Amatista
¡Así es! Yo nunca quise crecer,
no lo pedí ni lo imaginé. Sabía que algún día sería una persona adulta, pero
creo que nunca fui realmente consciente de ello. Cuando pensaba en mi yo
futuro, éste no sobrepasaba los 17 años y un día desperté con 20, con una
carrera culminada y un empleo de mucha responsabilidad. Aun así, me miraba en
el espejo y me veía niña. Me refería a mi como una niña y los demás me veían
como tal hasta que hablaba o ejercía alguna de mis funciones con
responsabilidad, entonces me sentía interpretando un papel, hacer de chica grande
era hasta cierto punto divertido.
Sin embargo, lo que parecía ser
algo muy trivial, me trajo algunos problemas de salud y afectó la forma de
relacionarme con el sexo opuesto. Luego de una consulta médica, me propuse cambiar
la forma de verme a mí misma, entonces fui consciente, por primera vez, de los
cambios en la forma de mi cuerpo, las pequeñas transformaciones en mi cara y
que ya tenía una cédula de muchos años con la que, como adulto, había ejercido
mi derecho al voto. Sin duda lo más duro fue comprender la forma en que era
vista por los hombres y aprender a no sentirme incomoda al ser deseada como
mujer. Después que no me acosen, es normal.
Con cada cumpleaños me repito que
soy una mujer de veintitantos, eso me ayuda a sentirme empoderada, libre de
tomar mis decisiones y estar dispuesta a enfrentar las consecuencias, luchar
por lo que considero correcto y enfrentar las presiones sociales. Aunque aún
hay rastros de esa niña que se aburre en las largas charlas, que dibuja y
colorea para poder mantener la atención en las clases de maestría, que no puede
evitar mostrar su fastidio, enojo o desbordante alegría, incapaz de sostener
trabajos rutinarios y de horarios estrictos. Una niña que se libera en su
totalidad en el escenario, en el que se divierte, juega, se emociona y siente.
Pero sobretodo explora, se reconoce, se acepta y crece, pero sin dejar de ser
niña. El teatro es para mí, el lugar en el que el deseo de ser niña por siempre
se materializa en la eternidad del efímero tiempo en el que dura la presentación.

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