Autor: Eduardo Lora Cueto
ESCENA 1 DE LA OBRA: «ARROYOS: HISTORIAS QUE NOS DEJA LA LLUVIA»
En el baño de una casa. La mujer está en una bañera llena de agua. Viste una sensual bata roja, casi transparente.
MUJER MOJADA: Qué lindo es ver cómo las gotas van cayendo al suelo y de repente las calles se van inundando lentamente. La primera vez que vi ese fenómeno quedé sorprendida, tenía 7 años y estaba en la terraza de mi casa. En realidad pensaba que era el fin del mundo o algo así, pero confieso que no me dio miedo, si iba a morir por ver tal espectáculo, no me iba a importar. Esa tarde lluviosa estaba castigada por portarme mal, desde pequeña me gustó llenar baldes de agua y echármelos encima –y no precisamente en el baño- iba a mi cuarto y me mojaba (Lo hace con elementos imaginarios), a la sala y me mojaba, en el patio y me mojaba, en la cocina y me mojaba; pero esa vez excedí los límites y le hice caso a mis impulsos de niña traviesa, subí a la cama de mamá, tomé con muchísima fuerza mi balde y me lo arrojé sin medida. Luego nadé y nadé entre las sábanas mojadas y di volteretas, muchas volteretas hasta que parecía una momia. Mis brazos, mis piernas, mi cara, todo mi cuerpo quedó atrapado entre esas sábanas blancas hasta sentir que se me cortaba el aire. No podía respirar y no sabía cómo soltar aquel nudo que sin querer había formado, hasta que mamá a punta de correazos logró salvarme la vida y dejarme mojar en la terraza de la casa. Llovía y ahí castigada vi a los niños adentrarse a un pequeño riachuelo que iba formándose en la calle y analizaba cómo jugaban, así como si se tratara de una piscina. Era la piscina más larga que había visto en mi corta edad, era negra y en vez de cloro tenía objetos que flotaban: bolsas de basura, colchones, zapatos, juguetes, sillas, mesas, sombreros, relojes, gafas, gorras, cuadernos, libros, muletas, bastones, ropa, ramas, tanques, muertos… Sí, muertos. Vi pasar un cuerpo que a gritos pedía auxilio. (Asustada) Los niños ya no estaban, seguro la corriente creció tanto que los obligó a salirse. No pude divisar bien de quién se trataba, pero juro que era alguien. No era producto de mi imaginación, no, no, no, era alguien, no sé si hombre, no sé si mujer, pero era real, muy real para mi corta imaginación de niña pequeña. El grito ahogado de auxilio se entrecortaba con las burbujas que producía el agua, con el ruido de las gotas, con el ruido de los truenos. No podía hacer nada, nadie estaba en las calles, pues a la gente le han enseñado que somos de azúcar, y que unas cuántas gotitas hará que su cuerpo se desmorone.

EN OFF: Y estaba ahí, sufriendo lo que yo sufrí. Pagando por culpa del agua sus culpas. Olvidando que aquella niña de 7 años también podía defenderse. No era una utopía, no, era la combinación de la impotencia que se siente estar en la terraza de mi casa mojada en miedos y que mi mamá no se diera cuenta que unos minutos después, cuando las calles estaban solas, un monstruo se me acercaría con la malévola intención de acabar con mi inocencia (PAUSA) ¿Qué pasaba por su mente? ¿Cómo llegó a pensarlo? ¿Se salvará de las crudas aguas? ¿Vendrá por mí? No lo sé, pero ya quería buscar un refugio que no fuera el agua -porque hasta ésta me producía temor-, ya quería secar mis miedos y mamá no me dejaba, mamá no respondía, mamá no me salvaba de aquel monstruo que con sus asquerosas manos me tocó lo que no se debe tocar, a pesar de rogarle que por favor no lo hiciera. Me tocó eso que nos dice mamá que no nos debe tocar nadie. Sin embargo, en medio de todo el pánico que sentía en esos momentos, cerré mis ojos, me aproveché del piso resbaloso, lo mordí muy fuerte y lo envié al vacío. Al caudaloso vacío. Cuando ví que mi plan tuvo éxito me aturdí más de lo que esperaba, no podía creer que una niña de tan solo 7 años hubiera vencido al hombre que intentaba robarle la pureza.

(Entra en pánico) Reaccioné llorando y grité: “Mamá” y Mamá no venía. Creía que era una pataleta más de niña regañada a los 7 años de edad. Pero no, yo la quería a ella para que me explicara cómo alguien podía flotar pidiendo auxilio y nadie hacía nada. No lo entendía, y es la hora que no entiendo este monstruoso fenómeno. (Vuelve en sí) Es lindo ver caer las gotitas al suelo, es mágico, pero cuando el cielo pasa de gris a negro, nos recuerda que está furioso y todo se vuelve tortura. “Mamá, ven pronto, tengo frío y miedo. Mamá, por favor”. Mamá dormía y me tiró una toalla cuando el sol ya había secado mi piel.
#VeroLaDelCero

