Como pregonaba una de las sucesoras naturales de Celia Cruz: Margarita Pinillos ‘Arabella’, recomendando que quien la oyera sonar lo hiciera, le seguí la corriente a aquella canción que de seguro sólo han oídos Los abuelos de las últimas décadas, pero que un día llegó a mi reproductor por necesidad y decidí, por qué no, caminar las ‘Callecitas de Cartagena’. De noche o no, de arreboles o no, aquellas calles casi iguales, eran una ventana a la imaginación, en donde cerca a la muralla, centenares de aves se reunían a charlar, a reencontrarse y buscar comida, hasta que un humano postrara su pie a menos de un metro para salir volando a otro lugar a hacer lo mismo; ellas son el único ser que puede lograr en menos de 5 segundos salir de aquel laberinto en donde no importan las direcciones, sino el nombre legendario de las calles.
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