Memorias de guerra

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                                                                         Por: Katherine Martínez Suarez
Fotografía por: Kelly Rada – Carlos Becerra


Es
allí donde el silencio de la noche abrazaba el sonido de la lluvia, donde las
ranas croaban sin cesar para llamar la atención y los cielos con sus nubes
grises solo dibujaban los relámpagos enfurecidos por una tormenta que se veía
venir. Es allí donde la oscuridad se apoderaba del lugar en una noche apacible
y tranquila en los Montes de María. Un lugar donde las verdes montañas rodeaban
las humildes casas de barro y bahareque, un lugar donde no había luz ni agua
potable y donde muchos salían a recoger agua para los días venideros. En el frío
de la noche la gente se acomodaba bajo una sutil lámpara a gas y es allí donde
salían a flote las historias más profundas y elocuentes.


A mi
abuelo José le gustaba que lloviera porque así se regaban los pastos y los
sembrados, mientras tanto a mi hermano y a mí, solo nos gustaba escuchar e
imaginar las interesantes historias que él nos contaba. Entretanto mis padres
solo preparaban café para una noche fría y lluviosa. Lo que parecía una noche
serena y en calma de repente se rompió por una descarga de disparos que se
escuchó a lo lejos, no sabía que sucedía. La gente se recogía en sus casas
mientras el miedo los embargaba. Mi corazón se aceleraba avisándome que algo grave
sucedería. De la nada alguien gritó a lo lejos: «Ahí vienen, ahí
vienen»
. Un silencio se apoderó del pueblo, las puertas de las casas
se cerraban como queriendo jamás abrirse. Una ráfaga de ametralladora
retumbaron mis oídos… Mi padre me tomó del brazo y al verme llorar me
susurraba al oído: «Todo va a estar bien». Aquel jueves por la
noche la guerra nos sorprendió, un grupo insurgente al margen de la ley decidió
que tenía poder sobre nuestras tierras, nuestras casas y nuestras familias. Los
paramilitares incendiaron casas, fincas y animales. Todo era un completo caos,
los perros ladraban y corrían de un lado a otro, las personas se lamentaban con
sus manos en la cabeza tratando de entender, otros sacaban de sus casas lo
poquito que tenían.


«Salgan o los matamos», fueron las palabras de aquellos intrusos que un día llegaron para
despojarnos de nuestros hogares y con ellos nuestras ilusiones, sueños y
esperanzas. Mi madre nos escondió en la única habitación que teníamos. El miedo
se apropiaba de mí, mis manos no dejaban de temblar, mi corazón palpitaba cada
vez más fuerte. De repente se escucharon voces y pisadas, fue allí cuando esas
personas entraron a mi casa de la manera mas violenta. Mi abuelo cogió un
machete ya que era lo único que tenía para protegernos de aquellos hombres. «¿Qué
hacen aquí? salgan de mi casa»
dijo mi abuelo. Uno de ellos lo miró y
contestó: «Mire viejo estamos en búsqueda de unos personajes»
el hombre saca de su bolsillo un papel arrugado y lee en voz alta los nombres y
apellidos de diez personas. «Tengo mas de sesenta años de vivir aquí y
no conozco ninguno de esos nombres»
, dijo mi abuelo con voz fuerte y
firme. «Váyanse si no quieren morir aquí» expresó uno de los
paracos. Fue allí donde salimos de nuestra casa, mi abuelo se negó a salir
manifestando que nadie podía quitarle algo que con mucho esfuerzo había
logrado. Mi madre nos sacaba de la casa mientras que mi padre trataba de
convencer a mi abuelo de irnos.
Fotografía por: Kelly Rada – Carlos Becerra


Todos
corrimos por la parte trasera del rancho, la indicación de las personas que
estaban afuera, era la de correr hacia el monte. Mujeres embarazadas, niños,
ancianos, hombres, todos corrían sin cesar dejando todo atrás para salvar sus
vidas. La oscuridad se apoderaba de la noche, estábamos mojados, con frío y con
un miedo desmesurado, escondidos detrás de un árbol de ceiba. Mi madre no
paraba de llorar al ver que mi padre y mi abuelo no llegaban y eso me
desgarraba el alma. Transcurrían las horas y solo escuchábamos fuertes
disparos, llantos y lamentos, el panorama era doloroso. Fue allí cuando llegó
mi padre, estaba en estado de shock, el sufrimiento se apropió de él. Aquel
jueves de 1999 la guerra acechó sin parar. Una noche oscura llena de
secuestros, ataques a la fuerza púbica, extorsiones, asesinatos entre otras atrocidades.
A mi abuelo José Alberto Barrios Piñeres lo mataron sin piedad. Tres disparos
acabaron con su vida. Un hombre fuerte, valiente, de carácter y trabajador. Era
feliz al lado de su familia viendo su sembrado crecer, pero hoy ya no se
encuentra con nosotros. En Colombia el desplazamiento forzado ha sido un
flagelo para más de 5.712.506 personas entre 1995 y
2012 según el periódico el País, una cifra de nunca acabar, es el resultado de
una guerra absurda y dañina. Es un conflicto interno que tiene más de 50 años,
y no hay colombiano alguno que no haya afectado: aquella madre cuyo sueño era ver
a sus hijos crecer, aquel padre cuyo propósito era proteger a su familia.
Aquellos hermanos, vecinos, tíos, amigos y abuelos que hoy ya no están con
nosotros, pero sus recuerdos viven en nuestros corazones. 
No más muertes injustificadas, no más asesinatos, no más
desplazamiento forzado, no mas sangre derramada. ¡NO MÁS!

En memoria de los ángeles caídos por la guerra en los
Montes de María…
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