Por: Charlie Martínez
¿Alguna vez han escuchado el refrán popular que dice: “Las cosas se parecen a su dueño”? Esta frase encaja perfectamente en mi vida con Checho.
Cuando era niño, siempre jugaba a contar historias junto a mi prima Mildred. Nos encerrábamos en el cuarto durante horas para contar relatos nunca antes vistos en la vida real. Cada domingo, nuestros juguetes dejaban de ser carros y peluches tiernos, para convertirse en extraterrestres que llegaban a la tierra a conquistar el planeta, o superhéroes que tenían que atravesar obstáculos para rescatar al secuestrado. Cada aventura era distinta, pero todas llenas de emoción. Esa misma que siento cuando juego con mi títere, Checho. No me canso de jugar al niño más curioso y divertido del mundo. Por momentos, pienso que Checho es el reflejo de mi infancia: un niño siempre alegre, con ganas de comerse al mundo y con la ingenuidad que, a mis 29 años, me sigue acompañando.

Justo antes de iniciar una función de Checho, recuerdo mucho mi infancia; traigo a mi cabeza todos esos borrosos recuerdos que mi mente encapsula y que me hicieron felices por horas. Me emociona saber que seré yo el encargado de llevar a los hogares una historia que posiblemente podría influir en el proyecto de vida de un niño o una niña que esté disfrutando del espectáculo de Checho. Cada gota de sudor que corre por mi cuerpo se convierte en una armadura y hace que me transforme en un artista guerrero, que no se da por vencido hasta que el espectáculo llega a su fin.
Las versiones de Checho tienen algo en particular. La primera, Checho: Un show de manos mágicas, en la que Checho era un títere de medias, fue un gran reto para mí. Jamás imaginé poder hacer once voces distintas en una misma obra y, mucho menos, que esta lograría estar entre las obras favoritas del público infantil de Baúl Polisémico.
Luego, en Checho: Una Navidad en el Polo Norte, Checho no solo crece, sino que también tiene brazos. Sentí nostalgia, un sentimiento muy bonito que puede compararse con el de un padre cuando ve a su hijo crecer. En esta segunda historia, Checho ya sabe lo que quiere y su empoderamiento transciende como obra de magia a su titiritero. Durante la creación de esta obra, logré desarrollar más habilidades para manejar a este nuevo títere, resistir el dolor de mi brazo por tenerlo por varios minutos arriba y conocer más al público seguidor de las historias de Checho.

Debo confesar que, siempre soñé con estar en un montaje carnavalero, pero nunca se me ocurrió que ese espectáculo sería comandado por Checho, en la obra Checho: Un baile de Carnaval. Además de conocer más de esta fiesta, vi, reflejado en los colores del Carnaval de Barranquilla, la alegría de un niño que le apasiona jugar a ser grande.
Checho lleva menos de dos años de existencia y ya ha protagonizado tres obras de teatro, ha participado en más de diez presentaciones en colegios, bibliotecas y corporaciones. También ha sido invitado a diversas entrevistas en televisión, radio y prensa escrita.
Checho para mí ha sido lo mejor de la pandemia, pues le dio vida al niño que llevo dentro. Él es un personaje que con abrir la boca llena de ternura y felicidad a quienes se han tomado el tiempo de disfrutar de sus aventuras. Si llevarlo a las casas a través de la experiencia multimedia desborda tanta felicidad en mí, no alcanzo a dimensionar cómo será cuando Checho se presente frente a más de 100 niños y niñas en un teatro. Mientras tanto seguiré conociéndolo más, aprendiendo de sus ocurrencias y jugando con mi juguete favorito.

