Sin temores frente al espejo

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Sin temores frente al espejo

Sin temores frente al espejo

Por: Verónica Ramírez Quiroz

Si hay algo que caracteriza mi forma de ser, es la buena memoria al momento de recordar personas, sucesos, etapas de mi vida, anécdotas e incluso fechas exactas. No sé si esto sea un aspecto positivo y a mi favor todo el tiempo, pero en este escrito voy a hacer uso de mi gran habilidad para referirme a una etapa de mi vida, que, aunque en su momento me deprimía, ahora la traigo a mi presente para sanarla.

Cuando era niña, y también en gran parte de mi adolescencia, mi aspecto físico solía llamar la atención de la gente porque no aparentaba la edad que tenía. Siempre me ponían más años y al enterarse que no era así, la expresión que lanzaban era: “ay, es que como estás gordita, te ves mayor”.

Mi familia materna nunca me llamó por mi nombre, siempre me decían “gorda”, y aunque al principio me daba mucha rabia, luego, no tuve más remedio que acostumbrarme. Pero debo confesarles que evitaba que mis amigas del colegio conocieran a alguno de estos familiares, porque cuando eso sucedía se daban cuenta de mi particular apodo y llegaba la temida burla, lo que mejor conocemos hoy como bullying.  

Sí, yo también sufrí de bullying, solo que en mi época esto no era algo que desvelara mucho ni a los padres ni a las madres ni a los maestros, y creía que a mí tampoco. Pero al ir creciendo, me di cuenta que sí. A pesar de todo, debo reconocer que me gustaba muchísimo comer, especialmente alimentos fritos y lo que conocemos como comida chatarra. Lo cierto es que muy poco consumía frutas, verduras, y, por el extenuante horario que manejaba en el colegio, almorzaba en horas que no correspondían, o si vivía situaciones que me generaban estrés, dejaba de comer y cuando ya pasaba ese episodio, comía hasta más no poder.  

Todos estos factores le fueron pasando factura a mi organismo, tanto así que llegué a sufrir de una fuerte gastritis y, cuando ingería alimentos muy condimentados o embutidos, mi estómago entraba en crisis.  Poco a poco fui analizando, comprendiendo y considerando que el tema de mi alimentación era algo que afectaba a mi salud. Fui entendiendo que amarme, cuidarme y respetarme también estaba relacionado con generarle bienestar a mi cuerpo, no se trataba solo de algo físico y estético.

Cuando entré a la universidad, comencé a bajar de peso, alimentándome mucho mejor, pero aún sin saber manejar las situaciones de estrés. A pesar de todo, así me mantuve por un largo tiempo, me sentía bien y amaba lo que veía en el espejo. Tiempo después, me fui a vivir a España por un año, olvidando parte de lo que había interiorizado. Recaí en la ingesta de alimentos que no le hacían bien a mi cuerpo y, a partir de ahí, mi peso fue muy fluctuante.  

En el 2020, se declaró la pandemia y el encierro, la ansiedad y el cambio de emociones me llevaron a consumir alimentos de forma excesiva y a un sedentarismo confortable. Además, la resistencia que tenía a hacer rutinas de cardio virtuales pudo más que cuidar mi salud.  

Al finalizar el año 2020, comencé a sentirme muy pesada, la ropa me quedaba bastante apretada, no me sentía bien conmigo misma… Definitivamente, algo no estaba en orden. Llegó el año 2021 y comencé a hacer ejercicio, encontrando en este un refugio a ciertas crisis internas que estaba viviendo.

A través de esas rutinas comencé a  sentirme feliz, dispuesta y motivada a hacer un cambio en mis hábitos alimenticios. Fue entonces cuando empecé la tarea de identificar los alimentos que no me estaban haciendo bien y los que debía consumir en menor cantidad. También me di cuenta que no tomaba agua, por lo que me dispuse a aprender a hacerlo, al igual que comer frutas, que siempre me han gustado, pero no las comía por falta de costumbre.  

Hoy narro toda esta experiencia, como una manera de agradecerme por ser valiente, por no desfallecer y para repetirme siempre que lo que me proponga en esta vida lo puedo lograr con disciplina. Mi cuerpo vive también muy agradecido con estos nuevos hábitos alimenticios que he decidido tener, además del ejercicio que con frecuencia realizo. A su vez, escribo estas letras no para decirte lo que tienes que hacer o para decirte que sigas mis pasos, que dejes de comer, o que hagas ejercicio porque solo así te va a aceptar una sociedad llena de estereotipos. No, esto solo lo hago como un acto de amor propio, pues ahora me vuelvo a mirar al espejo y amo lo que veo: una persona saludable. Precisamente, esa es la idea, que te mires al espejo y ames lo que veas, y si no sucede, entonces comienza poco a poco a transformar hábitos para lograr estar conforme contigo misma(o), con nadie más, o busca ayuda de un profesional para superar cualquier situación que no te permita avanzar.  

Cuando nos aceptamos, nos respetamos, nos queremos a nosotras(os) mismas(os), vamos a fortalecer nuestro ser, sin permitir que llegue otra persona a minimizarnos. Si te sientes bien con tu aspecto físico, con tu salud, con lo que comes, sin importar lo que diga una báscula, un manual, una tabla de calorías, una sociedad plagada del “físico ideal”, entonces lo has entendido todo.  

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